La primera noticia que de él tuve fue cuando apareció de repente diciendo que el bombo de la batería estaba desafinado y que echaba el tiempo para atrás. Dijo que estuvo a la vuelta de la cuadra y que escuchó el ensayo y que había que hacer algo con eso, urgente. Entonces creía que el sonido del bombo podría gustar más o menos pero no estar «desafinado». Pero, y ya según con lo segundo que dijo aquella primera tarde: él era un violinista. Para alguien que empezaba a desperezar la sonoridad de un bajo, distinguiéndolo de la masa sonora, la sola idea de imaginar la precisión del oído de un primer violín de una orquesta alcanzaba ribetes ya angélicos.

Réquiem para un Jigante - Alvaro Cormenzana

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