Luchando contra la invisible anaconda

Felipe Milanez

Introducción: enfermedades y conquista

Epidemias y guerrras de conquistas han venido siempre de la mano en la historia de las invasiones y en la creación de Brasil. Desde la gripe, sarampión, viruela, virus y bacterias, hasta distintos tipos de diarreas, todas estas plagas han servido a la expansión europea en Abya Yala. Muchas veces irrumpieron en las pobladas aldeas construídas por las misiones jesuíticas, como la epidemia de viruela de 1562/63 en Bahía produciendo alrededor de 30.000 muertes (Anchieta, 1988), o en São Luís, in Maranhão, en 1621, devastando a 27 aldeas indígenas de un población de alrededor de 12.000 (Hemming, 2007). En algunos otros casos las epidemias vineron con la espada y los arcabuces como parte de la máquina de guerra, similar a la conquista de los Potiguaras en 1599, siguiendo la infección de la viruela por el ejército liderado por el capitán portugués Miguel Alvares Lobo (Vicente do Salvador, 1982).

Durante la dictadura (1964-1985) contactos forzados con pueblos aislados voluntariamente, quienes se resistían a la conquista de sus territorios escondiéndose en la selva provocaron muertes de, en general, la mitad de la grupos de los pueblos que fueron contactados. Tales eventos sucedieron entre los Matis en el Valle Javari con más de doscientas muertes, de acuerdo a Turu (2018), el Panara junto al camino BR163 (dos tercios de la población murió de acuerdo a CNV, 2014), o, incluso peor, como con los Kararao y los Xikrin alrededor del río Xingu (CRUZ, 2015). Fue la principal causa de las 8.350 muertes contadas en el reporte (Turu, 2018). Cuando la gripe alcanzó a los recientemente contactados Arara a principios de los ’80s, fueron contactados por primera vez en los esfuerzos por construir el camino Transamazónico y quitarlos del camino, los sertantistas Wellington Figueiredo me dijo que el virus rápidamente se expandió en la aldea. La primera decisión de uno de los dos grupos Arara fue escapar hacia la selva (la floresta) para escapárseles a la funcionarios de la Funai (Fundación Nacional de Indios). La escena que describió es perturbadora «en el primer día de caminata empezamos a ver buitres. Buitres alrededor de la selva. Cuando llegamos a la aldea, había dos cuerpos semienterrados ahí: uno con un fémur afuera, el otro con un brazo afuera». (Figuereido, 2015, p. 280). El destino de muchos de los Arara, de las miles de personas indígenas asesinadas por enfermedades como la gripe fue vista como un efecto «natural» de contacto y que nada pudo hacerse. Otro sertanista, Fiorelo Parisi, quien guió el contacto con los Wayapi por la apertura de la Permietral Norte notó como muchas personas Wayapi morían después del contacto con la Funai y con los buscadores de oro. En sus palabras: «Cuando conocí a Chico Mireles, me dijo que después del contacto, cerca del 60 al 70% de los indios murieron de las enfermedades. Eso era normal, eso sucedió. No quiere decir que no me importe, no es eso. No había otra solución en ese momento, ni otra idea». (Parisi, 2015, p. 186). La única manera de sobrevivir era escapando. Megaron Txucarramãe me escribió en un chat reciente:

«Durante el tiempo de Orlando Villa Boas y su equipo que hizo el primer contacto con nosotros, algunos se contagiaron con gripe, ellos cruzaron las cataratas y se fueron pero pronto nuesta gente agarró la gripe, Felipe, ellos al principio enterraban a las personas, pero entonces tuvieron que dejar a los cuerpos y escapar, y nos fuimos a Kapotnhinore, así es como mi padre me salvó. Sólo que mi hermana murió con aquella gripe».

Todas estas tragedias mencionadas sucedieron durante períodos de intensos conflictos ecológicos que llevaron a la desposesión de los pueblos indígenas de sus territorios, sea en el siglo XVI con la conquista de Brasil, o en la más reciente invasión de la Amazonía durante la dictadura. «El arma de la consuqista» como Darcy Ribeiro ha escrto en su amplia y famosa investigación sobre el genocidio de la primera mitad del siglo pasado en Brasil, «fueron algunos apetitos e ideas equipos más eficiente para la acción sobre la naturaleza, basilios y virus, especialmente virus» (Ribeiro 1970, p 272). La actual pandemia del coronavirus que está devastando los pueblos indígenas sobre todo el Brasil nuevamente ha sido, como con epidemias previas, movilizada por mórbidas y codiciosas ideas y apetitos.

La ideología fascista de la dictadura cívico-militar (Santos, 1977; Fernandes, 1981) en parte inspira ideológicamente al gobierno de Jair Bolsonaro, quien se ha enfocado en atacar a los pueblos indígenas desde su campaña —como también a las comunidades de quilombos y a las personas negras. La pandemia del coronavirus ha llegado junto con una campaña que ha empezado a abrir los territorios indígenas a la conquista de las economías extractivas, como los agronegocios y la minería, elevando diferentes proyectos de ley para debilitar la protección legal de las tierras indígenas, asociado con proselitismos evangélicos para la conquista de las almas indígenas (Milanez, 2020). No es retórica o una exageración nombrar lo que los movimientos indígeas han venido llamando una «política de exterminio»: un genocidio. Como previas experiencias demuestran: virus, bacterias y basilios han sido movilizados para abrir nuevas tierras. Después que la Convención de las Naciones Unidas de 1948, este proceso es considerado un acto de genocidio. En el informe público publicado el 20 de mayo, la Coordinación de las Organizaciones Indígenas de la Amazonia Brasilera (COIAB) anunció: «Hay un genocidio institucionalzado en Brasil a través de las políticas anti-indígenas de Bolsonaro.»

Dada esta larga experiencia de violencia, mientras las noticias de la pandemia de coronavirus se expande en Brasil, líderes indígenas han estado rápidamente buscando información y empezando a construir estrategias de sobrevivencia. A mediados de marzo, el líder kayapo Megaron Txucarramãe, quien estaba teniendo largas discusiones con líderes para actuar rápidamente, me escribió un mensaje personal diciendo: «No podemos estar tonteando con la enfermedad del coronavirus. Tiene el poder de una anaconda, muerte por asfixia, la víctima no es capaz de respirar y muere.» Otro problema, dice, es que «los ojos no pueden verla». Tres meses antes de esta conversación, en la aldea de Piarcu que el dejó, la gente kayapo guiada por su famoso tío Raoní recibió la visita de 450 líderes indígenas en un campamento gigante de protesta y discusión, y al final ellos publicaron un manifiesto para «denunicar que el proyecto político de Brasil de genocidio, etnocidio y ecocidio está en progreso» (APIB, 2020).


La producción colonial de vulnerabilidades

Desastres y tragedias son eventos extremos que han amenazado a la existencia de comunidades, y una sociología del desastre expone las contradicciones del capitalismo y colonialismo asociados a los efectos socio-ambientales, como las construcciones del riesgos, exposición, vulnerabilidades y desigualdades de las comunidades impactadas (Milanez, 2019). La trayectoria del nuevo coronavirus (Sars-CoV-2) expandiéndose por todo Brasil revela que la eposición al virus y los tratamientos de los efectos de su infección entre las diferentes población ha sido distruibuído extremadamente desigual. Mientras alguna gente ha tenido un privilegiado acceso a cuidados médicos, equipos para garantizar el derecho de respirar, acceso al oxígeno, otros grupos sociales están desproporcionadamente expuestos a la muerte, organizados por una lógica de división estructurada por su clasificación social. La desigual distribución puede ser manipulada para controlar la vida de algunos grupos, mientras promueven una mayor exposición de otros grupos específicos a la muerte, en lo que Achille Mbembe llama necropolítica (2003).

Estos abismos sociales que dividen aquellos que pueden vivir de aquellos otros dejados a la muerte aparecen en el paisaje como muros coloniales. El muro separa, como la línea abismal de Boaventura de Sousa Santos (2007), dos barrios en la ciudad de Sao Paulo, como la abismal diferencia de fatalidad entre Morumbí donde hubo más casos en Sao Paulo en abril que en Brasilandia, un lugar con más muertos, en Moema, otra barrio de clase alta con cuatro veces menos muertes que en Brasilandia (Rodrigues et al., 2020). Con pueblos indígenas el ratio de infección puede ser 744% más alto que entre otros gurpos de personas blancas en Brasil, o la mortalidad alrededor de 10% mientras que los no-indígenas de Brasil ronda el 6%. Si hay un desafío en donde ubicar a los blancos infectados, en Bahía, un hotel cercano a las tierras indígenas ha sido elegido.

Racismo ambiental, como inicialmente fuera percibido por Riobert Bullard, ha ganado una nueva dimensión con la crisis sanitaria, incluo más allá de los desafíos de Katrina o Dixie. El legado del apartheid expone el lado equivocado del camino en donde algunas personas reciben tratamientos menores y diferentes (Bullard, 1994). «Discriminación racial», sostiene el autor, «limita la movilidad, reduce los espacios y las opciones residenciales, disminuye las oportunidad, y subyuga a millones de americanos a las amenazas ambientales y de salud» (Bullard, 1994, p 445).

El racismo se ha movilizado durante la pandemia de coronavirus no sólo para excluir pero para matar y dejar morir. Racismo institucional (Carmichael; Hamilton, 1967) que impregna a las estructuras y a las políticas es una continuación del colonialismo, siendo que racismo, colonialismo y conquista son términos inseparables, como lo demostraran Aimé Cesaire (1978) y Frantz Fanon (2005). La flexibilidad de las prácticas racistas que han existido a través de la historia de la formación social e institucional de Brasil nos permiten re-elaborar y adaptar a la nueva coyuntura emergida con la pandemia de coronavirus (Milanez; Vida, 2020). Las respuestas gubernamentales, en las cuales incluyo la ausencia de respuestas por acciones políticas insuficientes, y la impotencia estratégica para manejar los temas críticos, como una opción política general para enfrentar la pandemia, están estructuradas por el racismo y están produciendo, mientras este texto se redacta, un genocidio.

La vulnerabilidad de los pueblos y territorios indígenas (Azevedo et al., 2020) no es natural, como las muertes después de las contactos forzados durante la dictaudra no fueron naturales. Aunque muchos científicos dirigieran estudios desde el comienzo de la pandemia para demostrar la vulnerabilidad de tierras específicas y de los grupos indígenas para prevenir contagios, han sido sistemáticamente ignorados.

En una carta a Science, a mediados de abril, Ferrante and Fearnside reclamaron al gobierno acciones, mostrando que «COVID-19 posee una particular amenaza a aquellas comunidades que el gobierno federal de Brasil ha marginalizado, negándole a los pueblos indígenas incluso cuando sus derechos están garantizados por ley o por acuerdos internacionales (Ferrande, Fearnside, 2020, p. 251). Los autores reclamaron que el gobierno de Brasil tome medidas urgentes, agregando que muchas de estas comunidades aisladas carecen de centros médicos, de doctores, medicinas básicas, y de los ventiladores que han de necesitarse para tratar al COVID-19)».

Este último punto elevado por los autores es muy importante en términos de analizar la capacidad de los Estados para manejar la crisis epidémica. En todo el estado de Amazonas, sólo la capital Manaos tiene unidades de cuidados intensivos. La mayoria de las aldeas indígenas y comunidades ribeñas, como las de Valle de Javari y las ilas del archipiélago de Marjó, fueron en un primer momento atendidas por médisoc después del programa Más Médicos, desde el 2013, que trajo alrededor de 8.000 médicos cubanos a Brasil. Bolsonaro criticó el programa durante su campaña y justo antes de su asunción prometió llevar a cabo una expulsión masiva de todos los médicos cubanos con un propósito ideológico. Dada esta amenaza, Cuba decidió abandonar el programa. Los pueblos indígenas fueron directamente afectados en todo el país. Los aldeas kayapo de Gorotire, fuertemente afectadas por el COVID-19 con 4 muertes en la última semana de mayo, tenía a dos médicos cubanos. Dos expediciones conducidas por Funai en 2014 y 2015 para contactar a dos grupos de gente ouba, en el Valle, tuvieron médicos cubanos y a un detallado plan de contingencia y cuarentenas. No hubo ni epidemia ni brote reportados.

Un mes después que la Organización Mundial de la Salud declarara la pandemia, diferentes estudios han tratado de construir escenarios de infecciones de coronavirus entre los pueblos indígenas en orden de prevenir y preparar acciones desde el Estado. Estudios dirigidos por un grupo de investigadores de la Universidad Federal de Minas Gerais y del Instituto Socioambiental identificó 151 tierras que eran las más vulnerables a la infección del coronavirus, tales como territorios invadidos por buscadores de oro (garaimperios) en el Amazona (Yanoamami y Javari) y aquellos cercanos a las ciudades. Esta investigación ha sido publicada on-line para captar la atención de las autoridades públicas, y ha estado publicada con un mapa on-line de vulnerabilidad de las tierras indígenas (https://covid19.socioambiental.org). Su conclusión acentúa que «la deforestación y la minería ilegal, tanto como la invasión ilegal y los asentamientos son percibidos por los indígenas como asuntos de salud pública» (Oliveira et al.,2020, p.5).

Otro reporte rápidamente publicado para ofrecer datos a las políticas públicas para prevenir contagio en las tierras indígenas, Azevedo et al., (2020) usó data de IBGE, el ministerio de Salud y Funai, y el tema de la demarcación de las tierras indígenas, para construir otro índice de vulnerabilidades basado sobre la demografía y la infrastrucura cercanas a los territorios indígenas. Han usado diferentes variables tipo el ratio de transmisión del COVID-19, mortalidad entre los individuos afectados, habilidad para mantener un aislamiento social, para mantener una rutina de prevención, disponibilidad de unidades de cuidado intensivo, y la seguridad en la regularización de las tierras indígenas. Ya sea relacionado a invasiones y amenazas territoriales o al acceso al cuidado, la información sobre los posibles resultados del contagio del Sars-CoV-2 estaba disponible en la sociedad civil. Pero mientras los investigadores remarcaron la necesidad de actuar rápido, el gobierno federal ha provisto una lenta y muy contradictoria respuesta, incluso no usando los fondos públicos disponibles.

Las omisiones gubernamentales por lo tanto no estuvieron relacionadas con una falta de reportes y de información. La no aplicación de un plan de contingencia, la ausencia de información provista desde la Secretaría Especial de Salud Indígena (Sesai) a los pueblos indígenas, y una agresiva infodemias han confundido a muchos grupos indígenas. Los pueblos indígenas han actuado directamente por ellos mismos, de profunda y dispar maneras. Los Tupinamba en Bahía han sido capaces de contener la situación al menos hasta fines de mayo. Desde el primer día ellos lo hicieron construyendo diálogos con la comunidad y con los foráneos, y bloqueando todos los caminos que cruzan su territorio (Milanez, 2020). Megaron, Raoni y los Kayapo Metuktire han también decidido aislarse ellos mismo y también han bloqueados los caminos cruzando las aldeas Piaracu, la MT 322, y los ferries que cruzan al río Xingu. Bloquearon los accesos a caminos y a los ríos, tales como las estrategias de los Yaanawa en el río Gregorio, en estado de Acre, que fue el primer movimiento de acción directa en donde por al menos 40 pueblos indígenas de más de 17 estados, de acuerdo con un reporte del Observatorio de Agronegocio (Balduino, 2020). Incluso una aldea Kayapo en Para, Turedjam, decidió cerrar una mina que operaba de manera ilegal en su territorio. Pero en general ellos no pudieron organizar un sistema de abastecimiento que les permitiera evitar la necesidad de visitas regulares a áreas cercanas a las ciudades, y estas estrategias han sido probadamemte difíciles de mantener sin apoyos externos de los estados u otros aliados, especialmente por su necesidades de bienes para la supervivencia básica. Las aldeas de Turedjam confirmó los primeros casos COVID-19 unos pocos días después de que algunos aldeanos fueran a la ciudad de Ourilandia para recibir un apoyo del gobierno de R$600 en donde tuvieron que esperar por horas en largas filas del banco primero y luego en un supermercado, mientras las iglesias evangélicas dentro de las poblaciones continuaron celebrando misas cada noche. La minería ilegal fue re-abierta después de un mes, objeto de una marcha desde Ibama a fines de april, que apareció en la telvisión con una reacción pública de Bolsonaro y del ministro de Ambiente apoyando a los mineros. Despues de eso, un bloqueo sanitario a las aldeas se convirtió en demasiado riesgoso.

Cuando las muertes empezaron hacia fines de marzo, Sesai había sistemáticamente invisibilizado el destino de cada indígena viviendo en ciudades y decidió no contar las muertes dentro de los territorios de gente con síntomas pero sin testeo. Es respuesta al silencio federal y a la omisión, los movimientos indígenas Articulación de pueblos indígenas del Brasil (AIPB), presentó su propia base de datos informativa: la creación de un Comité nacional por la vida y memoria indígena, organizando información recibida de organizaciones asociadas con APIB y emplazadas en todo los territorios en Brasil, en asociación con Abrasco y Midia Ninja, publicando una nueva website: http://quarentenaindigena.info/apib. El resultado es apabullante: la diferencia entre los datos federales y la investigación de los movimientos indígenas es abismal. Para Junio 11, mientras 264 muertes entre 97 diferentes pueblos indígenas fueron registradas por el comité, el gobierno federal contó sólo 89 muertes. La muerte de 175 individuos indígenas fue ignorada. Este no es el caso de un sub-reporte, que puede llegar a ser 14 veces más alto que la realidad, como grupos de investigadores de Brasil han estimado del COViD-19. Es puramente político: Sesai no considera los casos de personas indígenas viviendo en las ciudad. Al mismo tiempo, han estado creciendo reportes de indivíduos indígenas muriendo en las aldeas sin testearse, mientras ellos rechazaban ir al hospital debido al racismo y al temor de que en caso de muerte sus cuerpos no retornaran para un funeral.

Publicando on-line fue una estrategia para elevarlo a la atención pública, y en la última semana de abril, cuando el Campamento de Tierra Libre se programó para realizarse en Brasilia con 4.000 representantes indígenas, muchos debates en vivo y mesas redondas aparecieron en las redes sociales. Diferentes manifiestos fueron escritos y diseminados directamente desde las comunidades afectadas. Junto a las alertas de los científicos, los pueblos indígenas estuvieron movilizados para decirle a la sociedad el riesgo al que estaban expuesto, algo que no había sucedido durante previas experiencias epidémicas previas.

El uso sistemático del el virus para producir muerte: un genocidio.

Entre los actos que caracteriza a los crimenes de genocidio de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas en la prevención y castigos de los crímenes de genocidio, de 1948 están los: «deliberadamente infligidos sobre un grupo con condiciones de vida calculadas para acercar su destrucción física en totalidad o en parte». El nuevo reporte especial de las ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas, José Francisco Cali Tzay, de los pueblos maya Kaqchikel de Guatemala, cuyo presidente Efrain Ríos Montt fue condenado por genocido, tiene una larga carrera en batallas sociales y judiciales en contra del racismo en su país. En su primera declaración en la ONU, aseguró que «el Covid-19 está devastando a las comunidades del mundo indígena y no es sólo por la salud».

La Comisión por la Verdad Nacional reconoció, en su informe final, la responsabilidad por la muerte de 8.350 individuos indígenas por el Estado, la destrucción de tierras indígenas y la violación de los derechos «por directa acción o omisión». El crimen de genocidio no está caracterizado por el número de personas muertas, no por la expresa manifestación de la intención genocida, sino por la comisión o omisión de maneras de accionar y por los efectos objetivos. Una o algunas muertes producidas con el interés de exterminar a un grupo afecta a la totaldidad de la dinámica existencial del grupo, directamente o indirectamente, dañando su autonomía, debilitando su participación política y sus estrategias culturales de resistencia, contribuyendo a su desintegración identitaria y a su física desaparición.

Mientras la pandemia devasta tierras indígenas, el gobierno federal emite diferentes medidas legales para desposeer a los pueblos indígenas de sus tierras y facilitar la toma de tierras, sea con medidas administrativas en la Funai, o con nuevos proyectos enviados al Congreso. Las muertes y el terror en los territorios indígenas han sido transformados en una oportunidad de conquista para el capital y para las elites rurales. La colonización es esencialmente la negación del otro, que puede aparecer como una forma más sutil o incluso subjetiva e impersonal, hasta la eliminación de individuos o de colectivos. La colonización y el racismo están asociados, en el caso de los pueblos indígenas en Brasil, por su derecho original a la ocupación de sus tierras tradicionales.

La política ecológica de este genocidio actual en Brasil revela la ascociación de una estrucutura racista, la cual divide al derecho a respirar y a vivir a través del acceso de cuidados médicos y excluyendo a pueblos indígenas y a negros, con los intereses económicos en la explotación de los recursos natuales. No es nuevo. Es colonialismo. Fanon ha identificado la perfecta correlación entre economía e ideología en una sociedad racista: «El racista en una cultura con racismo es, por lo tanto, lo normal. Ha alcanzado una perfecta armonía entre las relaciones económicas e ideológicas». (1967, p. 40).

El coronavirus podría ser usado para limpiar territorios indígenas de su gente por apropiadores de tierras y para las economías extractivas. Como el jefe de los Megaron me dijo en el mismo diálogo previamente mencionado:

Voy a abrir una nueva aldea para estar lejos de los movimientos, como sucede en Piarcu. Estamos en la mesa del MT322. Quiereo estar lejos de la ruta, yendo a Kapotnhinore donde mi padre me tomó en el pasado y empezar nuestros cultivos tradicionales con nuestros granos y cosechas. Voy a asentarme en el márgen derecho del río Xingu. Ahí es donde el Metukrire solía cruzar a Kapotnhinore. Voy a estar aislado. Voy a esperar a que el coronavirus se vaya.

Nuevamente como en epidemias pasadas, sobrevivir es resistir, y para sobrevivir, muchos tendrán que ser capaces de escapar, escapar del coronavirus y de la violencia del Estado.

 

 

Reconocimientos:

Un agradecimietno especial para Megaron Txucarramãe, Matavitsa Kena Waura Txucarramãe, Matsipaya Bepkoti Beppakrejti Waura Txucamarrãe and Raoni Metuktire. También me gustaría agradecer a Mary Menton (U. Sussex), Jurema Machado (UFRB), Felipe Tuxá (UNEB) y los colegas del proyecto de mapeo de las violaciones a los derechos indígenas en Noreste de Brazil, financiado por la University de Sussex.

 

 

 

 

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Tomado de:

MILANEZ, F. Fighting the invisible anaconda amidst a war of conquest: notes of a genocide. Ambiente & Sociedade. São Paulo, v. 23, p. 1-11, 2020.

 

Felipe Milanez
✉ felipemilanez@ufba.br

https://www.scielo.br/scielo.php?pid=S1414-753X2020000100907&script=sci_arttext

Accepted on: 08/06/2020
traducido por alejandro paz pra vocés.

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