Coloquio de los participantes del Seminario-Taller:

 

El seminario-taller Pensar, poetizar, pensar contempla la producción de un texto.
Lorenzo Verdasco lee su ensayo:

«Vislumbres de Heidegger»

[texto]

Vislumbres de Heidegger

Por Lorenzo Verdasco

Objetivos

Heidegger, inspirado en Hölderlin, imagina el poetizar y el pensar (o el pensar y el poetizar) como dos árboles que crecen uno a la par del otro, pero sin tocarse. No hay, en apariencia, intercambio material ni estrictamente lógico entre ellos, pero acaso puedan concebirse comunicaciones de otro orden; por ejemplo si alguien pudiera colocarse en uno de los troncos a cierta altura del suelo, podría ver lo que pasa en el otro tronco y viceversa. La palabra “Wind” significa viento en alemán, y en inglés sencillamente con minúscula. Por ejemplo, en la expresión “The winding stair” ─La escalera caracol─, la imagen sugiere un remolino (cierta especie de viento) que va torciendo la verticalidad original de la escalera, hasta tornarla como un caracol. De igual modo, en la expresión heideggeriana “Verwindung” ─superación, torsión─ es posible distinguir la partícula “wind”, especie de viento o remolino que podría tranquilamente poner en contacto los dos troncos de árbol; y entonces no tendríamos un pensar por un lado y un poetizar por el otro, sino un pensar-poetizar, o bien, un poetizar-pensar. Es desde esta perspectiva que pondremos a consideración tres pasajes pertenecientes a obras que, por tradición, elegimos llamar literarias. Pertenecen; el primero a Tolstoi, el segundo a Kafka, y el tercero a Roberto Arlt

La muerte de Ivan Ilich

Aquel relato suele escandalizar al lector en el momento en que un hombre le pregunta a sus médicos si lo suyo es grave y los médicos se enojan. El debate que los había convocado era si la dolencia que aquejaba al paciente era el intestino ciego o el riñón flotante. La ciencia se concentraba en esta disquisiciones, indiferente al sufrimiento del portador de estos males. En el fondo, el hombre quería saber si se iba a morir o no. Pero esta pregunta era desubicada dentro del análisis de la medicina, ya que los médicos, cuando dicen que analizan, trafican con conceptos traídos de la ciencia o de cualquier otro terreno, pero que de la muerte no tienen absolutamente nada que decir. Es más, hasta se podría afirmar que es su completo rechazo al tema de la muerte lo que permitiría que estas disciplinas mundanas progresen cada una en su esfera. La medicina, la jurisprudencia, la fabricación de aviones, requieren, para subsistir, la ignorancia más absoluta de la muerte.

Sin embargo, el hecho de que no se hable de ella no garantiza que nos pongamos a salvo de su influencia y accionar. Porque, como dice el poeta,

“Die Verdüsterung der Welt erreicht nie das Licht des Seyns”

(El oscurecimiento del mundo no alcanza a la luz del Ser)

Cuando el enfermo hacía este tipo de preguntas, la actitud de los facultativos era la que adoptaría un juez  al advertir al que se sienta en el banquillo: “Acusado, limítese a las preguntas que formula el fiscal o lo haré abandonar la sala”. Es decir, las preguntas y respuestas ya hace mucho que se han formulado y son siempre las mismas, quizá el arte consista en combinarlas de distinto modo según los diferentes casos, pero una pregunta nueva no es bien venida. El orden establecido garantiza la tranquilidad y la previsibilidad, por eso la filosofía suele ser vista como el aguafiestas de los quehaceres.

Yo sé que tengo algo para decir, pero no en la lengua que mis profesores me han enseñado, en esta lengua sólo puedo hablar. Cuentan que, en alemán, el que dice algo es poeta: “Dichter”.

Dice Heidegger que, como producto de la modernidad, el hombre huye del pensar, la reflexión meditativa, y que en lugar de eso ejercita el pensamiento calculador; más que ejercitar cae en las redes de este tipo de pensamiento como si de una droga se tratara. La gente se hunde en la impersonalidad del “se” (“man” en alemán). En lugar de elegir un libro, averiguamos qué se lee, que ropa se lleva por la noche, que comidas se piden, qué conversaciones son más convenientes en determinados ámbitos, etc. Es decir: más que vivir somos vividos por la impersonalidad de lo inauténtico. Veamos un pasaje de Tolstoi donde los personajes entran a un funeral.

“Piotr Ivánovich entró, como ocurre siempre, con la incertidumbre de lo que se debe hacer. Sólo sabía una cosa: que persignarse no está de más en semejantes circunstancias. Pero no estaba seguro de si las señales de la cruz debían o no ir acompañadas de saludos, y eligió el término medio: al entrar en la habitación comenzó a hacer cruces rápidas, inclinándose como si saludara. Al propio tiempo, en cuanto los movimientos de manos y de cabeza se lo permitían, examinaba el aposento. Dos jóvenes salían haciendo cruces: uno era colega, sobrino probablemente del difunto. Una señora, pequeña y vieja, permanecía inmóvil allí, y otra, de cejas extrañamente levantadas, le hablaba en
voz baja. El sacristán, vivo, animado, en redingote, leía con mucha expresión, y tono que excluía contradicciones; Guerassim, el mujik, espolvoreó algo en el suelo. Al notar aquello, Piotr Ivánovich percibió al mismo tiempo cierto olor de cadáver en descomposición. En su última visita a Iván Ilich había ya visto a aquel mujik que hacía de enfermero y era muy apreciado por el muerto. Piotr Ivánovich continuaba haciendo cruces y saludando ligeramente en la dirección intermedia ante el féretro, el sacristán y las imágenes depositadas en el ángulo de una mesa. Cuando aquellos movimientos le parecieron demasiado prolongados, se detuvo y se puso a examinar al difunto. Éste se hallaba, como lo están siempre los muertos, tendido pesadamente, sus miembros rígidos desaparecían en el interior del féretro, con la cabeza para siempre doblada sobre el cojín, a causa de cuya altura sobresalía, como sobresale en todos los muertos, la frente amarilla cual la cera, cubierta de lucientes cabellos estirados hacia las sienes, la nariz saliente y como deprimiendo el labio superior. Estaba cambiadísimo, mucho más flaco que cuando Piotr Ivánovich le hiciera la última visita; pero su rostro, como los de todos los muertos, era más hermoso y sobre todo más imponente que en vida de su dueño. Aquel rostro expresaba que había sido preciso hacer una cosa, que esta cosa estaba hecha de una manera conveniente. Además tenía una como expresión de reproche y de amargo recuerdo de los vivos. Aquel recuerdo pareció fuera de lugar a Piotr Ivánovich, que nada tenía que ventilar con él. Se sintió incómodo, hizo rápidamente la señal de la cruz y salió con precipitación, demasiado precipitadamente quizá para las reglas de la conveniencia.”

Podemos observar en esta cita que los presentes se ocupan mucho más de las apariencias que de preguntarse por el sentido de lo que allí está aconteciendo. Incluso, cuando Piotr Ivanovich capta la expresión de reproche en la cara del difunto, huye despavorido porque tiene terror a hacerse cargo del tema de la muerte. En realidad huye del pensar.

La metamorfosis:

El hijo de la familia ha tenido la desgracia de convertirse en un monstruo, en un bicho gigantesco; los familiares procuran de que nadie lo vea, por esta razón lo han confinado a su cuarto, lugar a donde le llevan la comida y se la dejan en el suelo. Pero una noche, conmovido por el violín de la hermana, el monstruo, el bicho, el diferente se asoma al comedor y es descubierto por los inquilinos. Veamos el texto:

“¡Señor Samsa! -gritó el señor de en medio al padre y señaló, sin decir una palabra más, con el índice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció. En un principio el huésped de en medio sonrió a sus amigos moviendo la cabeza y, a continuación, miró hacia Gregorio. El padre, en lugar de echar a Gregorio, consideró más necesario, ante todo, tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregorio parecía distraerles más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abiertos, empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un poco, no se sabía ya si por el comportamiento del padre, o porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin saberlo, habían tenido un vecino como Gregorio. Exigían al padre explicaciones, levantaban los brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente, retrocedían hacia su habitación. (…) Participo a ustedes —dijo (un inquilino)— levantando la mano y buscando con sus miradas también a la madre y a la hermana —que, teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias que reinan en esta casa y en esta familia —en este punto escupió decididamente sobre el suelo—, en este preciso instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré, naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles, créanme, de justificar.”

Como vemos, los inquilinos se asombran pero no por el fenómeno, no por el hecho que parece haber violado las más elementales leyes de la naturaleza (la metamorfosis de hombre en bicho) se asombran porque todo aquello les parece un insulto a su dignidad. Incluso aprovechan para, en medio de la ira, negarse a pagar la renta, es decir, obtener un beneficio. Son las proezas del pensamiento calculador, el cual, a medida que crece va obliterando paulatinamente toda disposición a la pregunta por el sentido. A nadie, ni siquiera a la familia se le ha ocurrido hacerse la pregunta ¿De dónde salió esta gigantesca cucaracha? ¿qué motivó que nuestro hijo se convirtiera en esto? Toda reflexión está puesta entre paréntesis, lo importante es que no se altere el orden y la apariencia en que vivimos. Porque, en definitiva todos estamos inmersos en lo que le pasa a la familia de Gregorio. Cuentan que un profesor de física alemán increpaba a sus alumnos en el examen: “Ud. me dice que el electrón se comporta a veces como onda a veces como partícula, pero yo no lo veo a usted hundido en la desazón. Todo lo que Ud. desea es aprobar esta materia y recibir un certificado.”

Antes de despedirnos de Gregorio Samsa, convendría detenernos en la crueldad de Kafka. Nótese que los inquilinos no se enojan de entrada cuando aparece el bicho, más bien lo toman como una
continuación del espectáculo circense: primero la damita toca el violín, luego la cucaracha gigante se pasea por la pared, etc. Es el padre de familia, quien decide poner fin a la velada, el que realmente los exaspera. Luego empiezan a conjeturar que no es para nada elogioso haber tenido semejante vecino sin saberlo. Lo que acontece es que estos individuos se encuentran tan absorbidos por sus propias mezquinas relaciones de apariencia, que ni lo monstruoso, ni lo maravilloso, ni  siquiera lo que viola las leyes de la naturaleza, y torna al cuento fantástico, les hace mella.

Los lanzallamas

Cuando una filosofía se involucra con nuestra experiencia cotidiana, en la medida en que lo hace la del autor de Ser y tiempo, no es extraño que a lo largo de la historia existan numerosos textos que digan lo mismo desde el otro árbol, o quizá desde el mismo árbol pero utilizando metáforas diferentes. Por lo general se trata de textos literarios. Hemos elegido a Roberto Arlt para cerrar este opúsculo justamente porque la incorrección gramatical del argentino convierte sus escritos en una suerte de dialecto que parecería acercarnos a un modo muy conveniente de violentar la lengua. Tomemos una cita de cada autor y disfrutemos de la comparación:

“Nunca vamos nosotros a los pensamientos. Ellos vienen a nosotros.” (Heidegger)1

“De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón. ¿Y si lo delatara?”2

Es indudable que la segunda propuesta constituye un “caso particular” de la primera, vendría a ser uno de sus ejemplos vivenciales más certeros. Alguien podría objetar que el texto arltiano posee el signo negativo de la delación pero, a nuestro juicio, ese signo, aquí, nos parece irrelevante. No nos encontramos en el plano de la ética sino unos cuantos pasos más allá. Por ejemplo cuando el filósofo dice: “Pensar es localizarse sobre un pensamiento que un día llega y permanece en el cielo del mundo como una estrella” no parece que estuviera dándonos una lección de comportamiento humano, sino más bien, invitándonos a dejar que esa experiencia acaezca sobre nosotros, quienes nunca volveremos a ser los mismos.

Las dos aldeas:

La aldea heideggeriana es un locus idílico, fijado en el pasado; un lugar donde El amigo de la casa escribía su calendario y la luz de la luna iluminaba a los amantes por las noches. Pero su propuesta no consiste en volver a ella, sino, sencillamente en no olvidar que venimos de ahí. Toda transgresión es posible si se conoce el original, pero si lo ignoramos ¿En qué A medida que la gente va sucumbiendo a la modernidad, es decir, al imperio de los entes, ya no puede captar el Ser y  su pensar se vuelve remoto, cae en desuso. Para Heidegger morir es perder el Ser, y el proceso de la modernidad lleva aparejada esta pérdida del sentido. Por eso a él le importa poco que la tierra perezca en una guerra nuclear, porque ya está pereciendo en la medida en que la técnica va reemplazando a las “sencillas pero profundas relaciones”. Veamos que tiene Arlt para decir sobre esta situación. Veamos lo que dice Arlt:

“Nosotros estamos sentados aquí entre los pastos, y en estos mismos momentos en todas las usinas del mundo se funden cañones y corazas, se arman «dreadnaughts», millones de locomotoras maniobran en los rieles que rodean al planeta, no hay una cárcel en la que no se trabaje, existen millones de mujeres que en este mismo minuto preparan un guiso en la cocina, millones de hombres que jadean en la cama de un hospital, millones de criaturas que escriben sobre un cuaderno su lección. Y no le parece curioso este fenómeno. Tales trabajos: fundir cañones, guiar ferrocarriles, purgar penas carcelarias, preparar alimentos, gemir en un hospital, trazar letras con dificultad, todos estos trabajos se hacen sin ninguna esperanza, ninguna ilusión, ningún fin superior. ¿Qué le parece, amiga Hipólita? Piense que hay cientos de hombres que se mueven en este mismo minuto que le hablo, en derredor de las cadenas, que soportan un cañón candente… lo hacen con tanta indiferencia como si en vez de ser un cañón fuera un trozo de coraza para una fortaleza subterránea… –arrancó otra margarita, y desparramando los pétalos blancos continuó–. Ponga en fila a esos hombres con su martillo, a las mujeres con su cazuela, a los presidiarios con sus herramientas, a los enfermos con sus camas, a los niños con sus cuadernos; haga una fila que puede dar varias veces vuelta al planeta, imagínese usted recorriéndola, inspeccionándola, y llega al final de la fila preguntándose: ¿Se puede saber qué sentido tiene la vida?

–¿Por qué dice usted esto? ¿Qué tiene que ver con mi visita? –y los ojos de Hipólita chispearon maliciosamente.”

Es evidente que ambos autores observan cómo el humano están pierde vertiginosamente su originaria aldea. Un lugar donde esas relaciones eran sencillas pero profundas. Un lugar donde se hablaba un lenguaje muy particular. La aldea de Arlt parece, sin embargo, muy lejana, como si el escritor no se acordara ya de ella. Quizá sería pertinente preguntarle a estos dos filósofos, o escritores, ¿qué ocurre con aquellas personas que, habiendo perdido el Ser, no se resignan a perderlo y lo buscan en lugares poco adecuados? Como reza en Los siete locos: “Quizá buscando en lo más vil y hundido cierta certidumbre de pureza que lo salve definitivamente”. ¿Y ese desarraigo acontecerá en forma tranquila? ¿O irá acompañado de tormentos? “Tengo la sensación de que me arrancaron el alma con una tenaza, la pusieron sobre un yunque y descargaron tantos martillazos, hasta dejármela aplastada por completo.”. Nótese, sin embargo, la resistencia de la interlocutora una vez que el astrólogo le expone sus pensamientos:

–¿Por qué dice usted esto? ¿Qué tiene que ver con mi visita? –y los ojos de Hipólita chispearon maliciosamente.”

Inconclusiones:

Hay en estos tres autores; el ruso, el checo y el argentino, un hilo conductor que los hermana, tanto Ivan Ilich, como Gregorio Samsa y El astrólogo, personajes de estos tres gigantes de la escritura, no pueden detener su actividad reflexiva. El pensar se ha apoderado de cada uno de ellos. El pensar parece salvarlos, no obstante las iniquidades que atraviesan y, a veces, cometen. Y, a la vez, su entorno se vuelve calculador en extremo, la diferencia entre estos dos estados podría llamarse “La cortina de la angustia”. “Angustia de dos dimensiones que, guillotinando las gargantas, dejaba en ellas un regusto de zollozo”.

 

[1]    La experiencia del pensar, Martin Heidegger, Alción Editora 2015, Córdoba, pág. 31.
[2]    El juguete rabioso, Roberto Arlt,

 

 

 

(*leer otras producciones del coloquio)