Por Lorenzo Verdasco

 

Un Arlt ignoto:

¿Quién se atrevería hoy, a colocar al autor de Los siete locos en una sección de ignotos? ¿Acaso en nuestros días, el homenaje a Arlt, no resulta políticamente correcto? Precisamente, en la corrección política de un homenaje tiende a filtrarse un Arlt edulcorado. Es inevitable. ¿Cómo presentar en sociedad las cavilaciones inconmensurables de Erdosain o sus imágenes de pesadilla utilizando el lenguaje canónico? ¿Qué vocabulario técnico, o si se me permite el énfasis, psiquiátrico, habríamos de utilizar para describir un personaje como Eustaquio Espila? Quizá la mejor manera de sacarse de encima a Arlt sea convertirlo en estatua de mármol, relegarlo a ese olimpo donde los autores ya no necesitan ser leídos; en otras palabras, privarlo de ese sabor deliciosamente clandestino con que se regalan los lectores de Masoch, Huysmann, Meyrink, Svevo o Saikaku. Probablemente por mucho tiempo, el escritor que nos ocupa en este breve ensayo siga siendo, para la lectura autorizada, un ilustre desconocido.

El Arlt “cristiano”:

Llama la atención que una figura tan del siglo como Roberto Arlt –ateo, comunista, cronista policial, vendedor de papel de envolver- se haya interesado tanto por la teología. Alguien cuyo aspecto externo y cuyas vinculaciones ideológicas lo comprometen con lo que en literatura suele llamarse realismo social, nos relata de un modo conmovedor la aparición de Cristo a Ergueta en el hospicio de las Mercedes. Ergueta, un loco que se atreve a comparar a los médicos del manicomio con los escribas y fariseos de los que hablan los evangelios, no se cansa de repetir obsesivamente la cita que dejo consignada: “(…) y salvaré la coja y recogeré la descarriada, y pondrelas por alabanza y por renombre en todo país de confusión”[1]. Sin embargo, no nos engañemos, no estamos frente a un evangelista, sino frente a un escritor muy lúcido que recoge el desafío de  instalar, sin previo aviso, al Cristo personaje en nuestra vida cotidiana. La epifanía, en contraste con el pragmatismo de una urbe mercantilizada, produce en el lector la ineludible percepción del escándalo. Veamos un ejemplo. Ergueta se atreve a imaginar un ángel que se arrodilla en la Avenida de Mayo y corta el tráfico; los automovilistas lo miran y le preguntan: “Qué quieres, tu, cara de sapo”[2]; pero se postran al contemplar “su carita triste” (sic), donde es posible leer todos los sufrimientos que ha padecido. Sin duda el ángel es Cristo. Teniendo en cuenta que Roberto Arlt se consideraba a sí mismo marxista ¿dónde queda aquella frase tan conocida de que “la religión es el opio del pueblo”? Es de esperar que estas dos citas de Pier Paolo Pasolini, otro “marxista” muy particular, arrojen alguna luz sobre esa dialéctica tan resistida que se establece entre religión y política:

Voluntad de desacralizar y des-sentimentalizar la vida. Eso se explica,en los viejos intelectuales progresistas, porque habían sido educados en una sociedad clerical-fascista que predicaba falsas sacralidades y falsos sentimientos. Y por tanto la reacción era justa. Pero el nuevo poder ya no impone hoy esafalsa sacralidad y esos falsos sentimientos. Más bien él mismo es el primero, repito, que quiere librarse de ellos, con todas sus instituciones (pongamos el Ejército y la Iglesia). Por tanto, la polémica contra la sacralidad y contralos sentimientos, por parte de los intelectuales progresistas, que siguen masticando la vieja ilustración como si hubiera pasado mecánicamente a las ciencias humanas, es inútil. O tal vez le es útil al poder…

El fondo de mis enseñanzas consistirá en convencerte de que no le tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres transformándolos en brutos y estúpidos autómatas adoradores de fetiches[3].

(Pasolini, Pier Paolo, Cartas luteranas, Ed. Trotta, Valladolid, 1997).

 Me atrevo a afirmar que el personaje de “el Astrólogo”, protagonista de Los siete locos y Los lanzallamas, acordaría totalmentecon el escritor italiano. Por otro lado, Arlt siempre se ha ocupado de que sus personajes presenten a la divinidad comprometida con los sentidos e incluso con los materiales más groseros. Su dios no sólo sale indemne de esta clase de pruebas, sino que su condición divina pareciera aumentar a medida que el autor lo revuelca más y más en el barro: “(…) Jesús era un hombre…Hablaba como hablo yo con vos. Iba por las calles de las aldeas, y de las puertas entreabiertas le llegaba el olor de los guisos (…)”[4], asegura Ergueta. En un pasaje de “Hipólita sola”, capítulo de Los lanzallamas, Hipólita, quien ejerce la prostitución, está pensando en Jesús, adorándolo a su modo; de pronto, en un  arrebato completamente ocioso, advierte que Jesús “(…) la podía haber hecho trabajar a la Magdalena”[5].Primero se ríe, como una niña que ha hecho una travesura, y luego se avergüenzade haber pensado una cosa como ésa. Hipólita mira a Cristo desde su oficio, y aunque sabe que va a cometer un sacrilegio, se toma la libertad de imaginar a su dios en papel de “cafishio”. No obstante lo escandaloso que pueda parecer la comparación, Arlt ha logrado, por medio de la versión de Cristo en código marginal, que el lector perciba el candor silvestre de una. prostituta.

El mal:

¿Pero qué sucede cuando la divinidad decide no hacerse presente? Entonces sobreviene el mal. Éste se exterioriza principalmente dentro de una estratificación de clases sociales. Por lo que se ve en su narrativa, para nuestro autor, el mal mayor pareciera ser pertenecer a la clase media. El Erdosain de Los siete locos y Los lanzallamas pertenece a la clase media; el ingeniero Balder de El amor brujo, y el estudiante Astier de El juguete rabioso, también son miembros de esa clase que se debate entre los ricos y los pobres: clase que alimenta la ilusión de convertirse en burguesa, pero que está condenada a convivir con (y a veces a vivir como) los indigentes. A diferencia de las aspiraciones de anarquistas, socialistas y comunistas contemporáneos de Arlt, los personajes de nuestro autor no cultivan una solidaridad de clase sino todo lo contrario. Cuando dos individuos han caído en la categoría de “humillados”, no sólo no se protegen el uno al otro, sino que además experimentan una repugnancia mutua. Si uno de los dos comete el error de confiarse a su compañero de humillaciones, éste último se encargará de hacerle entender con la traición que ambos están muy lejos de pertenecer a la misma cofradía. Es lo que sucede con la traición de Silvio Astier a su amigo “el Rengo”.

De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida. Era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón. ¿Y si lo delatara?[6]

(Arlt, Roberto, El juguete rabioso, Reysa Ediciones, Buenos Aires 2005, pág. 144).

El mal aparece en la mente de Silvio, como una ocurrencia absurda; algo que se desecha al segundo de haberlo pensado. Sin embargo, una vez puesto en marcha, el mecanismo de la delación pareciera correr inexorable. El sabe que gratuitamente va a destruir al hombre que es su mejor amigo, y que con esto va a condenarse. Pero contemplarse a sí mismo en este acto de crueldad le produce un goce tan irresistible que nada en el mundo podrá evitar la infidencia.

No me importa…y seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena…una pena…La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales…¡Pero qué tanto embromar! ¿No tengo derecho yo? ¿Acaso yo? Y seré hermoso como Judas Iscariote…y toda la vida llevaré una pena…pero ah…es linda la vida, Rengo…es linda…y yo…yo a vos te hundo, te degüello…te mando al “brodo” a vos…Sí, a vos que sos “pierna”…que sos “rana”…yo te hundo a vos, sí a vos Rengo…y entonces…entonces seré hermoso como Judas Iscariote…y tendré una pena, una pena…Puerco[7].

(Idem, pág. 146)

El personaje trata de racionalizar su acto frente al ingeniero Vitri. Para ello recurre a un argumento que constituye una inversión estricta de la moral tradicional. Es como si el desequilibrio al que es sometido el individuo a lo largo de una “vida puerca”[8]sólo pudiera buscar su nivel por medio del acto malo. De ahí que el título de la novela, El juguete rabioso, le sea muy adecuado. El personaje es un juguete del destino al no poder realizar sus deseos e ilusiones, pero, al volverse rabioso, deja de ser un simple juguete, pues el mal habrá de rescatarlo del mediocre y anónimo ser determinado.

Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, de destrozar para siempre la vida de un hombre. Y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos[9]

(Roberto Arlt, El Juguete Rabioso, 2005, pág. 153)

El resentimiento de Silvio Astier, protagonista de El juguete rabioso debe descargarse contra alguien, y ese alguien no puede ser un poderoso, porque de ser así Arlt se avendría al discurso ético de los “escritores proletarios” de Boedo que lo precedieron. Su víctima tiene que ser obligadamente otro humillado, para dar a entender a éste, o en definitiva al lector, que él no es lo que su amigo esperaba que fuera: un pibe de ley. Es lo que Oscar Masotta  llamará con precisión “un anarquismo al revés”[10], es decir, en lugar de solidaridad entre infelices: traición de un humillado hacia el otro.

Es posible encontrar un grado superior de perversidad en el acto de Astier, si tenemos en cuenta el contexto social en el que se mueve su amigo. Siendo “el Rengo” un marginal, con tendencias muy definidas hacia la, delincuencia, la mirada con que la sociedad lo escruta tiene mucho de condena a priori. No pasa lo mismo con Astier, que más bien luce como un estudiante pequeñoburgués. Cuando se produzca la delación, Astier revistará como ciudadano honesto, consolidando su integración en el sistema. La traición del joven será percibida por el lector, nunca por la sociedad; y esto es terrible, porque implicaría que en el proceso de integración social solamente importan gestos externos, mientras que el verdadero crimen permanece invisible a la mirada colectiva. Esto no significa que no existan individuos que, como Vitri, se den el lujo de emitir una crítica y, aún, un gesto de desprecio; pero cada uno lo hará por su propia cuenta y riesgo. Silvio ha cometido un crimen, pero no un delito.

Vaciamiento ontológico:

            Esta búsqueda de la trascendencia a través del mal, afecta indirectamente toda esa suerte de cristología a la que hacíamos referencia al comienzo de este trabajo. La divinidad se hará presente, pero se tratará de un dios creado por el deseo de los personajes. Como su maestro Dostoievski, Arlt apuesta a presentarnos una figura teológica vaciada de su ser. ¿Qué contesta Shatov en Los demonios cuando se le pregunta por la existencia de Dios?

—Creo en Rusia, creo en su ortodoxia…Creo en el Cuerpo de Cristo…Creo que el segundo advenimiento se verificará en Rusia. Creo…
-Balbuceó delirante Shatov-
—¿Y en Dios?
—Yo…yo…, creeré en Dios…[11]

(Dostoievski, Fedor Mijailovich, Los demonios, Ediciones Libertador, Buenos Aires, 2004).

Como vemos en el autor de Crimen y castigo, el vaciamiento es aún tímido y balbuceante. Roberto Arlt, sin duda, va más lejos que el escritor ruso respecto de la posibilidad herética de construir una teología prescindiendo de la divinidad. ¿Qué responde Ergueta cuando se le pregunta que pasaría si Dios no existiera?

Cuántas veces Jesús debe haberse dicho, mientras comía un pedazo de pan a la orilla de una fogata, entre pastores silenciosos: ¿Y si Dios no existe? Él habrá pensado lo mismo que nosotros; pero oyendo las conversaciones de la gente, contemplando la infinitud del dolor humano,  como quien se tira a un pozo sin fondo, Jesús se arrojo de cabeza a la idea de Dios[12].

(Arlt Roberto, Los lanzallamas, Ed. Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2005, pág. 181).

Conclusión:

Roberto Arlt ha indagado en sus novelas y cuentos un tema que socialmente produce rechazo: el mal gratuito. Es en El juguete rabioso donde la reflexión sobre dicho tema ha ido más a fondo, y donde es posible encontrar el acto malo en un alto nivel de sofisticación, una acción que produzca el mayor daño con el menor esfuerzo posible: la traición. Alternadamente se han comentado algunos pasajes donde es posible ver la irrupción de la divinidad en el plano de lo cotidiano. Pero estos dioses (cristos, ángeles, e incluso el Dios Creador mismo)  han sufrido cierto proceso de vaciamiento de su ser y esto los torna, más bien, una panacea artificial, alucinatoria, si se quiere, destinada a suplantar aquello que para Arlt significa la imposibilidad más absoluta, a saber, la comprensión entre los seres humanos.

 

 

Bibliografía:

Pasolini, Pier Paolo, Cartas Luteranas, Ed. Trotta, Valladolid, 1997.

Arlt, Roberto, Los siete locos, Ed Losada, Buenos Aires, 2001.

Arlt, Roberto, Los lanzallamas, Ed. Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2005.

Arlt, Roberto, El jorobadito, Ed. Losada, Buenos Aires, 1982.

Zubieta, Ana María, El discurso narrativo arltiano, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1987.

Larra, Raúl, Roberto Arlt, el torturado, Ed. Futuro, Buenos Aires 1950.

Masotta, Oscar, Sexo y traición en Roberto Arlt, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.

Correas, Carlos, Arlt literato, Ed. Atuel, Buenos Aires 1995.

Saitta, Silvia, El escritor en el bosque de ladrillos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2000.

Dostoievski, Fiodor Mijailovich, Los demonios. Ediciones Libertador. Buenos Aires 2004.


[1]              Arlt, Roberto, Los siete locos, Ed. Losada, Buenos Aires, 2001, pág. 169.

[2]              Idem, pág. 174.

[3]              Pasolini, Pier Paolo, Cartas luteranas, Ed. Trotta, Valladolid, 1997.

[4]              Arlt, Roberto, Los lanzallamas. Ed. Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2005, pág.180.

[5]              Idem, pág.77.

[6]              Arlt, Roberto, El juguete rabioso, Reysa Ediciones, Buenos Aires 2005, pág.144.

[7]              Idem, pág.146

[8]              La novela iba a llamarse La vida puerca. Ver Saitta, Silvia, El escritor en el bosque de ladrillos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pág. 33.

[9]              Arlt, Roberto, El juguete rabioso. Reysa Ediciones, Buenos Aires 2005, pág. 153.

[10]           Masotta, Oscar, Sexo y traición en Roberto Arlt.  Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1982, pág. 23.

[11]            Dostoievski, Fedor Mijailovich, Los demonios, Ediciones Libertador, Buenos Aires, 2004, pág.232.

[12]           Arlt Roberto, Los lanzallamas, Ed. Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2005, pág. 181.

 

 

 

 

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