La primera noticia que de él tuve fue cuando apareció de repente diciendo que el bombo de la batería estaba desafinado y que echaba el tiempo para atrás. Dijo que estuvo a la vuelta de la cuadra y que escuchó el ensayo y que había que hacer algo con eso, urgente. Entonces creía que el sonido del bombo podría gustar más o menos pero no estar «desafinado». Pero, y ya según con lo segundo que dijo aquella primera tarde: él era un violinista. Para alguien que empezaba a desperezar la sonoridad de un bajo, distinguiéndolo de la masa sonora, la sola idea de imaginar la precisión del oído de un primer violín de una orquesta alcanzaba ribetes ya angélicos.

Réquiem para un Jigante - Alvaro Cormenzana

Esa urgencia primera se transformó en otras conversaciones, pocas, pero uno no sabe bien qué se inicia en cada momento, o qué ecos tendrán o cómo coadyuvan con otros argumentos. Esas otras conversaciones no perdieron vértigo y quizá se hicieron tumultoso río que se inicia en una montaña, en peñascos, con sus urgencias, saltos y diálogos propios con el cielo.

Yo habré tenido catorce o quince, y por él me enteré de los diez años de estudio que John McLaughlin hace para poder grabar Shakti. El guitarrista eximio debía estudiar 10 años un concepto para poder grabarlo. Oía extasiado, en silencio sí, pero un silencio extasiado. Diez años me parecerían una medida de eternidad. Nada había oído así. O no como aquellos cuentos: tenían otro registro. Estaban enunciados desde un otro lugar.

Sus historias argumentaban confirmando algo en lo que yo intuía aún sin articularlo. Esa idea de que para que algo realmente suene necesita conectar con una experiencia o desde una experiencia enriquecida. Era para mis oídos la expectación de una danza mágica. Por aquél entonces tenía una sensación de vacío ante músicos talentosos que conocía, donde todo en su conversación se reducía a cálculo, a mezquindades pequeñas, a cotidianos autostalinismos y jamás a vuelo, calidez, entusiasmos, amistad, ni veracidad.

Hablaba con una refulgente camisa blanca que era una nota imposible en un calor agobiante de la selva. Ahí refirió la historia de Miguel Angel Estrella y de un pequeño teclado de madera dibujado, clandestino en donde sobrevivían, sordas, las profundidades de Bach, en secreto, en el centro del inframundo de las mazmorras del neocolonialismo a las espaldas del pueblo. Entre compañeros/as torturados y dedos que quebraban cruelmente: un teclado de madera donde la música respiraba en secreto. Lograba narrar en pocas líneas, y se desplegaban ahí las cuerdas de lo dramático en tensión; un orgullo épico que mira a los ojos a los dioses; y las siete cuerdas de una rara arpa-lira. Los cuentos eran por sí  bloques de adobe de una catedral.

Luego, se coló alguna palabra que lo mantenía como tercera persona singular. Sonaba a una metamorfosis, despertada e irrefrenable. Sonaba a una selva subtopical, yunga amenazante devorante de corderos desrebañados. Entonces las volutas de un seco cigarro-obarrio que elevaba la conversación desde un patio y pasillos con olor a desinfectante esparcidos por trapos de pisos tristes y miradas ancladas en el piso. Nuevas cartas de Rodez, que no existieron, pero laceraban en las sombras. 

Después. O mucho después, supe que de las mismas manos de la noche a la deriva de Olga Orozco, verticalmente de Roberto Juarroz y con el cuerpo de horizonte de Gustavo Aguirre había recibido en el ’77 el premio de Poesía, y que Bussi y sus socios beneficiarios —los de entonces y éstos trágicamente actuales juntos a todos los traidores de siempre — que como Orcos varios se lo arrebataron.

Recién se publicó el retaceado Poemas del jigante, más de 30 años después, y ahí sí pude leerlo mientras él andaría por las riberas del xbi-xbi, o en la vecindad de Kusch en Maimará. El hombre mito de la literaturanoa y los poemas que se deslizaban de oído en oído, de mesa en mesa, en bares que desaparecen al amanecer se habían corporizado en letras de molde.

Lo encontré un 24 de marzo, antes que el sur se entregara, en un acto, defendiendo a la memoria desde cada jirón. Cruzamos dos parrafitos, mientras aprobamos la apuesta lírica del artista que desplegaba un ethos en aquel escenario. Y supe que recitaba un largo poema contra Bussi a quien quisiera oírlo.

Ahora, mientras pienso estas líneas, parado al lado de tu última huella en estas arenas del tiempo, huellas que dejan tus pies ligeros, Álvaro: se lee, se rie, alrededor de esta nave ¿emparentada quizá a un retoño del árbol de Guernica Euzkadi? Y a pesar de lo grave del momento no será solemne. Algo del humor de estilete irónico ronda con mucho de vos en todo esto, e imagino que es una muestra de que podés partir al viaje largo habiendo cultivado el jardín. Sólo conozco a unos pocos que se reunieron aquí a tu alrededor a dejar un abrazo, un cariño, a ¿devolverte una palabra que les haya ayudado a ver más?

Hay muchas formas del cariño. Puedo, quizá, reconocerme/nos/te en el espíritu de los que vinieron a levantar este pañuelo. Y siempre conmociona sondear las distintas densidades de la materia en esa referencia a un nombre propio.

Repito un estrofa tuya, en una poética de saltos imposibles, con notas imposibles que se funden en la voz de la memoria comunal, que dibujan como en la pared del lenguaje el ultramar que abre, desolemniza y crea.

«De las aves,
la que más me gusta,
es el chancho»

Alvaro Cormenzana

Creo que voy a extrañar los diálogos que no tuvimos. Y, el bombo que echa el tiempo para atrás, desafinando, ahora suena convocándote. Y quizá sí, es urgente que lo atienda, para ayudar a que la pluma de maat y el corazón estén en equilibrio. Quizá esa energía creativa Shakti después del brebaje de las brujas miles necesite seguir fermentando eternidades y construirse sobre los pies existentes y sumar resistencias a los Orcos universales. Quizá esa melodía-diálogo circule por el árbol del tiempo, de otra manera, y que se pueda corresponder con un gesto a los Xbi-Xbis o los ríos de memorias que nos recorren.

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